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(Blog) Asumiendo la posible fugacidad de la amistad

amigos

Cuando era pequeñita tenía un concepto de la amistad un tanto idílico. Pensaba en algo muy importante, de gran durabilidad y repleto de valores. Pero el paso de los años me ha hecho tocar más de pies a tierra, en este sentido y en otros.

Escrito por: Lidia Fuentes

Es de esperar que diga que las experiencias vividas marcan nuestras opiniones actuales, pero mi concepto de la amistad no sólo se basa en eso. Hace no mucho tiempo, pongámosle un año, que mi autoestima está creciendo exponencialmente, gracias a terapias y demás. Al quererme y tratarme mejor a mí misma, de rebote ya no necesito gente a mi alrededor porque sí, conmigo suelo tener bastante. La consecuencia clara de este último hecho es que, ahora, sólo dedico mi tiempo a esas personas que me aportan algo, cuya presencia me da buenas vibraciones, o que simplemente me gustan por algún aspecto de ellas mismas.

 

Me siento mucho más libre a medida que no necesito estar con personas para huir de la soledad. Y esa sensación de poder que uno tiene cuando elige con plena conciencia si seguir viendo a una persona o no, no tiene precio. Hasta hace bien poco mi vida estaba llena de ataduras: parejas que no me convencían, amistades que yo sabía que no merecían mi amistad, trabajos en los que no me sentía nada valorada, etc.

 

Parece irónico: hace años vivía rodeada de gente y me sentía mas sola que nunca. Ahora tengo algunas personas a mi alrededor, no demasiadas, pero son gente que yo considero de valor y cada pequeño detalle que me aportan me hace más compañía que mil personas de las de antes.

 

Ya no me asusta pensar que las amistades, igual que otro tipo de relaciones, pueden ser fugaces. Muchas cosas nos pueden aportar algo, aunque sean breves es mejor aprovechar los momentos que la vida nos brinda.

 

Sobre todo esto, quiero poner un ejemplo que he vivido recientemente: vi a una amiga en Semana Santa. Ella no es de mi ciudad y hacía tiempo que no la veía, así que realmente me apeteció quedar cuando ella me lo propuso. Cuando nos vimos, todo fue muy agradable: hablamos más que otras veces, fuimos a un karaoke y después fuimos a bailar. La noche duró bastante, entre risas y recuerdos. Sin embargo, cuando la miraba o escuchaba, me iba quedando claro por qué hacía tanto tiempo que no la veía: me parecía un tanto encorsetada, con necesidad de competir y destacar entre las demás. Por esos motivos, sentí la necesidad de adularla en muchos momentos: cuando cantaba, porque lo hace realmente bien, cuando me hablaba de por qué no consigue encontrar novios estables, etc. Su perfeccionismo convierte a la que podría ser una mujer muy agradable, femenina y con grandes cualidades en un ser distante, frío y al que es difícil conocer. Aun así, la noche fue muy divertida, porque también yo misma me la hice divertida. Aproveché al máximo cada instante.

 

Los días siguientes, hablé con ella esporádicamente y me di cuenta de que esas conversaciones no llevaban a nada, que a cada intento de acercarme a ella había una respuesta del tipo "ah, yo también hice eso un día...", y al final tuve que desistir en mi intento de que se sintiera más libre para tener realmente una amistad conmigo. Nunca se sabe lo que deparará el futuro respecto de esta amistad, porque las personas pueden cambiar. Pero este es mi ejemplo de lo que ya no estoy dispuesta a vivir. Por fin soy una mujer libre.

 

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