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(Blog) Totum revolutum

toleranceDentro de la categoría de “esas pequeñas cosas de la vida” que pueden dar a algunas personas un momento de felicidad, como ver un amanecer o tomar un café con los amigos, pasear por la playa con los pies descalzos o jugar con nuestras mascotas, supongo que también estará incluido contemplar el cielo en una noche estrellada y perderte en ensoñaciones mientras contemplas el infinito.

Escrito por: Pedro Villena

Pero incluso ese gesto tan sencillo de levantar la mirada al cielo nocturno, en muchísimas ocasiones, no tiene recompensa alguna. En las grandes ciudades del mundo, donde la contaminación lumínica hace que cueste diferenciar casi el día de la noche, donde la contaminación bloquea los rayos del sol o el brillo de la luna, se hace casi imposible el poder contar un puñado de estrellas brillando sobre el firmamento. Hay que alejarse mucho de las ciudades, y cada vez más, para poder ver un cielo negro iluminado por centenares de lucecitas blancas titilando.

Esa espectacular vista es lo que en la Antigüedad toda persona podía contemplar alzando su mirada. Todas las civilizaciones antiguas han mirado al cielo en busca de señales, de preguntas y respuestas, de ruegos a sus dioses y diosas. Y los griegos de la Grecia clásica no fueron menos y empezaron a descubrir estrellas y planetas y a ponerles nombres, la mayoría inspirados en sus deidades.

Los griegos clásicos observaron un punto luminoso rojizo en el firmamento. Descubrieron que era un planeta y claro, decidieron ponerle un nombre. ¿Y qué nombre le ponemos a un astro de color rojo como la sangre? Pues los griegos, que eran unos cachondos, le adjudicaron el nombre de Ares, dios griego de la guerra. Siglos más tarde, los romanos, que eran unos copiones, cambiaron el nombre de ese puntito rojo sangre que se veía en el firmamento y le llamaron Marte, que, casualmente, era el dios romano de la guerra. Originales ellos, ¿no?

Unos cuantos siglos más tarde, y gracias a los telescopios, se descubrió que el planeta Marte estaba acompañado por un par de satélites o lunas. Y claro, también decidieron ponerles nombres. ¿Y qué nombres le ponemos a dos lunas de un planeta rojo como la sangre y que tiene el nombre de Marte, dios de la guerra romano? Pues los científicos, en un alarde soberbio de originalidad, decidieron que esas dos pequeñas lunas se llamarían como los hijos del dios griego Ares, y que eran, según la mitología griega, Fobos y Deimos. Originalidad al poder.

Fobos y su hermano Deimos, acompañaban a su padre Ares a todas las batallas con el fin de infundir miedo, terror, temor y pánico, lo que daba como resultado una pérdida de control de los soldados durante las guerras y conflictos. Fobos (“miedo”, de ahí viene la palabra fobia, y todas sus formas relacionadas) era quien hacia la primera entrada, apareciendo y ocasionando que el pánico invadiera a la gran mayoría de los guerreros, y así hacía que estos huyeran aterrorizados de la batalla. Cuando Fobos terminaba, Deimos (“terror”) entraba a realizar su trabajo, haciendo que los soldados se quedaran paralizados por el horror a la muerte y el dolor.

¿Y qué tiene que ver Marte, Fobos y Deimos con la felicidad y esas “pequeñas cosas de la vida” de las que hablaba al principio? La verdad, nada, pero es que cuando uno se pone a escribir, hay ocasiones en que te dejas llevar y una cosa lleva a la otra y a otra y a otra, y así acabas mezclando churras con merinas.

Un abrazo.

O dos.

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